Es curioso como el frío nunca viene solo.
El último invierno, o quizá fue otro, apareció con un poco del norte. Un poco de hielo y de aquel color tan vacío, tan pidiendo a gritos ser llenado. Un año se trajo consigo un café. La taza, grande y profunda, parecía no terminar nunca, igual que las noches heladas. Cuando parecía que su amargo sabor estaba a un sorbo de acabar, volvía la noche, la luna, más café, las estrellas, las farolas y el humo. Ese invierno fue un poco más otoño. Otro llegó la tormenta. Avanzaba tan indiferente que las ventanas querían rendirse, sucumbir a trozos, ay, pobres débiles, que se rinden tan rápido. Sin embargo, ahí estaba la cama, caótica, afirmando entre arrugas que por mucho ruido que hubiera fuera ella siempre tenía hueco, para uno, o para dos, o para tres o para cuatro... Pero es que los sueños con el frío son tan distintos. Son, quizá, un poco más grises, pero más sinceros. Porque, con lo que siempre viene el frío, es con la verdad. Descubres en que ojos quieres ver la nieve, y en que brazos quieres oponerte al viento. De que color quieres el pelo cuando está revuelto y con que zapatos quieres dejar huella.
Con el frío, siempre viene un poco de verano.
Con el frío, siempre viene un poco de verano.





